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, XVII, 30, (2017). ISSN 1695-6214 © Mariano Caballero Espericueta, 2017
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Sin embargo la historiografía cristiana, como ya dijimos, ha demonizado
tradicionalmente su figura. Juliano no podía comprender la ostentación de una
religión basada en la igualdad y en la pobreza de su profeta. A San Gregorio
Nazianzeno, antiguo compañero de Juliano en la Universidad de Atenas se le
atribuyen las siguientes palabras:
“...No había muestras de un carácter firme en ese cuello singularmente
dislocado, esos hombros encogidos y encorvados, esos ojos salvajes e
inquietos, ese andar oscilante, ese modo altivo de pegar su prominente nariz,
esas expresiones faciales ridículas, esa risa nerviosa e incontrolada, esa
cabeza siempre inclinándose en señal de aprobación, y ese hablar vacilante...”
y añade: “...¡Oh cuánto mal se cría en este Joven al Imperio Romano!...”
San Carlos Borromeo alegaba que “en cuerpos hermosos habitan
también hermosas almas”. La Burla hacia la desafortunada estética de Juliano
iniciaba una persecución histórica y parcial que dura hasta nuestros días.
Con respecto a la riqueza de la iglesia también se le atribuye una frase
pronunciada en una de sus visitas a las iglesias junto a su tesorero el conde
Félix al ver los cálices que habían regalado Constantino y Constancio: “...¡Mira
de qué vasos se sirve el Hijo de María!...”. Si la frase es cierta, debemos
observar, sobre todo en estas palabras, un claro gesto de desaprobación del
despilfarro, una llamada de atención al exceso de riqueza de las iglesias.
Hemos de recordar que Juliano era demasiado austero en sus formas y algo
“tacaño”.
Otra de sus reformas giraba en torno a una
revitalización de las
antiguas estructuras de gobierno
. A imitación del emperador Augusto
recuperó la tradición de acudir al Senado de la ciudad donde se hallaba para
participar en sus sesiones. Su formación intelectual —comparada seguramente
a la de Claudio— le hacía concebir un Estado como el que consolidaran
emperadores clásicos como Augusto o Marco Aurelio, resucitando los aires
tradicionales de Roma. El emperador Juliano era consciente de que el imperio