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, XVII, 30, (2017). ISSN 1695-6214 © Mariano Caballero Espericueta, 2017
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Paralelamente, el nobilísimo Constancio Galo fue designado césar de
Oriente. El primo del cual desconfiaba Constancio II se había convertido en su
mano derecha en la parte oriental por varias razones; en primer lugar, la falta
de descendencia del emperador había convertido a sus primos en únicos
representantes varones vivos de su dinastía, en segundo lugar, el inmenso
imperio que debía gobernar sufría continuos ataques en las Galias y en la
frontera persa, de la mano del rey Sapor II.
Galo fue desposado con Constacia, hermana del emperador.
Constancia, una mujer ambiciosa encontró en Galo un perfecto aliado. El
reinado de Galo está rodeado de ciertos desmanes y, sobre todo, de
conspiración; una falta de previsión alimentaria, con la consiguiente subida de
precios, acompañada de un cierto toque de crueldad hacia sus súbditos —e,
incluso, hacia sus hombres de confianza— convirtieron a Galo en un césar muy
impopular. Constancio, temeroso de Galo le ordenó presentarse en Milán pero
el césar lejos de acudir a la capital del imperio occidental, pensaba proclamarse
augusto de Oriente. La única llave para la conciliación entre ambas partes era
Constancia, pero cuando la hermana del emperador se dirigía a Milán en el
otoño de 354, murió de fiebre. La guerra era inevitable. Pero le faltó algo
fundamental: el respaldo completo de sus hombres. Arrestado por el conde
Barbaso
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en Austria fue ejecutado tras un proceso al menos dudoso; el 9 de
diciembre de 354 le cortaron la cabeza por orden del emperador y su cabeza
fue expuesta al escarnio público en todas las ciudades de Oriente.
Juliano decidió ingresar en una orden religiosa de Nicomedia —movido
por la necesidad de sobrevivir y como muestra a su primo de sus escasas
ambiciones políticas— pero el 1º de enero de 355 fue ordenado su arresto. Un
asceta como Juliano saboreó de la vida apartada del monasterio en el que
ingresó y en el que se dedicó durante las seis semanas que permaneció en él a
sus estudios filosóficos.
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El conde había sido comandante de su guardia.