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, XVII, 30, (2017). ISSN 1695-6214 © Mariano Caballero Espericueta, 2017
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Un piquete del ejército condujo al nobilísimo Juliano a Nicomedia,
Constantinopla y, desde la capital del Oriente, emprendió el camino hacia
Milán. Y allí encontró una firme aliada: la emperatriz Eusebia. En la capital de
Occidente se debatió acaloradamente sobre la culpabilidad o inocencia de
Juliano. La intercesión de la augusta permitió que Claudio Juliano pudiese
trasladarse a Atenas en agosto de 355, donde continuó su formación
humanística y aumentó su fascinación por los monumentos del pasado. Es
posible que allí conociese a una joven llamada Macrina, con la que descubrió
los secretos del amor y con la que compartió su vocación: el estudio de los
clásicos.
Meses más tarde un mensajero imperial le hizo llegar en Atenas la orden
de partir hacia Milán y a mediados de octubre se instaló en el divino palacio.
Tras una espera agonizante y llena de incertidumbres —Juliano desconocía el
motivo de su llamada, por lo que llegó a temer por su vida— Constancio II le
comunicó su decisión de nombrarle cesar de Occidente, siempre bajo el influjo
de la emperatriz Eusebia. Todo estaba preparado; Juliano se casaría con
Helena, hermana del emperador y de esta forma Flavio Claudio Juliano fue
proclamado césar el 6 de noviembre de 355, con la consiguiente aclamación de
las tropas.
La decisión de Constancio estriba, fundamentalmente, en la inseguridad
de las fronteras en Occidente que sufrían continuas incursiones de tribus
bárbaras y, sobre todo, una seria amenaza del imperio persa en las fronteras
orientales. Es significativo que el nombramiento de Juliano se realice como
césar de Occidente; Constancio II consideraba a su primo un inexperto en el
arte de las armas —y así era— y temía un ataque por la frontera oriental de
Sapor, al cual debía enfrentarse personalmente el emperador del imperio
romano.