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Historia Digital
, XX, 35, (2020). ISSN 1695-6214 © Lorenzo Silva Ortiz, 2020
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las representaciones de las obras el receptor entablaba una conexión más
cercana con las ideas que se pretendían transmitir al recibir el mensaje de un
modo directo. De todo esto ya hizo mención el mismo Lope de Vega cuando
expresó que
“[…] nadie podrá negar que las famosas hazañas o sentencias,
referidas al vivo con sus personas, no sean de grande efecto para renovar la
fama desde los teatros a las memorias de las gentes, donde los libros lo
hacen con menos fuerza y más dificultad y espacio”. (García, 2006: 206).
Por otra parte, consideramos que la autentica eficacia del teatro como
vía de difusión de ideas políticas del siglo XVII estriba en su relación entre la
ficción y la realidad que se intenta evocar. Este equilibrio ha de mantenerse
en todo momento ya que un uso propagandístico excesivo y demasiado
evidente llevaría a una disminución de su utilidad, mientras que una trama
demasiado ficticia y alejada de la realidad del espectador la tornaría
inverosímil y carente de mensaje. El primero de los efectos mencionados lo
podemos ejemplificar a través del impulso de propaganda que se realizó por
parte la intelectualidad adepta al Conde Duque de Olivares y a su programa
de reformas. Sus excesos en el contenido combinados con no poca falta de
sutileza cosecharon como resultado una tremenda falta de credibilidad (Elliott,
1992: 80).
Por esta razón, en el teatro de Lope y de Castro encontramos
contrapesos que, de alguna manera, matizaron el discurso oficial, y,
fundamentalmente, lograron hacerlo más creíble de cara a la sociedad de su
época, si bien no debemos olvidar el hecho de que estamos ante un discurso
propagandístico cuyo principal objetivo era legitimar y enaltecer la política del
monarca y que los rasgos del tirano solo justifican su presencia en aras de