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, XIX, 34, (2019). ISSN 1695-6214 © Juan Rhalizani, 2019
P á g i n a
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dignidad. Ahora bien, esta conciencia nunca fue ajena a la Edad Media, por
más que las circunstancias religiosas y sociales contribuyeran a promover
actitudes de humildad y anonimato a determinados estratos sociales.
La Plena Edad Media había imaginado la figura del monje Tuotilo (St.
Gall) como canon a seguir por parte de los eruditos eclesiásticos y laicos:
artista enciclopédico, diestro en todas las artes, virtuoso, tañedor de órgano y
flauta, orador elocuente, conversador divertido, hábil en las artes figurativas,
humanista primitivo… Un intelectual carolingio en toda regla.
La doctrina escolástica del arte favorecía esta situación, con su
concepción rígidamente objetivista, la cual no permitía encontrar en la obra
personal el sello propio del artista. Además, a esto tenemos que añadir la
habitual devaluación de las artes mecánicas, que inducía desde cierto punto
de vista a la no pretensión de fama personal en el poeta, músico, arquitecto o
escultor.
Con relación a esta idea, es necesario recordar que los trabajos de arte
figurativo, centrados en torno a un hecho urbanístico y arquitectónico, eran
obras
de équipe
, y el mayor recuerdo individual que los artistas o artesanos
podían dejar eran las siglas de reconocimiento sobre las piedras principales.
A diferencia de los
moechanici
(arquitectos y escultores), los poetas y
los músicos adquieren con mucha anticipación la plena conciencia de su
dignidad; si para las artes mecánicas se transmiten sólo los nombres de los
principales arquitectos, para la poesía cada obra tiene su autor definido. Tras
el siglo XI, el poeta ve claramente en su trabajo un modo de adquirir la
inmortalidad: a medida que las artes se van especializando en la lógica y en