Página 34 - Historia Digital

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, XIX, 34, (2019). ISSN 1695-6214 © Juan Rhalizani, 2019
P á g i n a
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la gramática, descuidando el estudio de los autores, los artistas de la época,
por reacción hacia esa actitud, afirman cada vez más su dignidad.
Es un hecho, además, que mientras el
miniador
suele ser un monje y
el maestro albañil es un artesano vinculado a la corporación (relacionados
con la masonería operativa), el poeta y el músico de nuevo género es casi
siempre un artista áulico, vinculado a la vida aristocrática y al señor al que
sirve. Es decir, no trabaja para Dios o para la comunidad, no construye una
obra arquitectónica destinada a ser acabada por otros después de él, y no
dedica la propia obra a un restringido círculo de doctos lectores de
manuscritos. Mención aparte merece el caso de los pintores del Duecento y el
Trecento en Italia (el más relevante es Giotto), en cuyas filas se formará una
literatura anecdótica, y serán el centro de un interés que roza el divismo
propio de los cantantes de ópera.
El tercer y último germen de la aceptación renacentista fue el del
mecenazgo
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distinto que se dio en la Italia bajomedieval, pues hasta finales
del siglo XIII la obra de arte nacía por iniciativa e influencia de un grupo social
muy reducido.
Este estamento estaba compuesto fundamentalmente por la jerarquía
eclesiástica que, por su unidad de creencias (el mantenimiento del sistema
feudal), imponía un concepto único: el litúrgico. Tras el año 1280 se amplió
nimiamente el cuerpo social sobre el que se apoyaba la creación artística,
41
A partir de: J.A. GARCÍA y J.A. SESMA.,
op. cit
., p. 437.