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, XIX, 34, (2019). ISSN 1695-6214 © Juan Rhalizani, 2019
P á g i n a
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un concurso para dar con el diseño ideal de la cúpula, ofreciendo un premio
de 200 florines de oro, y la posibilidad al arquitecto de pasar a la historia.
No obstante, desde el principio, el proyecto estuvo tan impregnado de
dudas, temores y secretismo, que la obra adquirió un cariz de leyenda,
convirtiéndola en una analogía del ingenio florentino y en un mito fundacional
del Renacimiento italiano.
En esta situación, el misterioso diseño de Brunelleschi llamó la
atención de los jueces, quizá porque ya intuían que aquel personajillo era un
genio. De joven, durante su aprendizaje del oficio de orfebre, se instruyó en
las artes del dibujo y la pintura, la talla de madera, la escultura con oro y
plata, el nielado y el esmalte. Posteriormente estudió óptica y realizó
interminables experimentos con ruedas, engranajes, pesos y piezas en
movimiento, y fabricó una serie de ingeniosos relojes (entre ellos uno de los
primeros despertadores de la historia). Cuando se presentó al concurso,
acababa de regresar de Roma, donde había permanecido años haciendo
mediciones, dibujando los monumentos antiguos y anotando, en escritura
cifrada, sus secretos arquitectónicos. Era, en definitiva, un autodidacta que se
iba a enfrentar a su primer proyecto, casi sin haber contado con experiencia
práctica previa.
Los primeros 17 metros los construyó con piedra, y después siguió con
materiales más ligeros, tal vez
spugna
o ladrillo. También aseguró a las
autoridades que podía trabajar sin necesidad de montar un andamiaje
apoyado en el suelo (noticia recibida con asombro por los responsables de la
construcción).