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, XVII, 29, (2017). ISSN 1695-6214 © Benedicto Cuervo Álvarez, 2017
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esposas, de las que sólo una era considerada como reina, y recibía el nombre
de Gran Esposa Real. Si ésta moría, el faraón escogía a otra de entre sus
mujeres para que la sucediera.
Una práctica habitual entre los soberanos era casarse con sus propias
hermanas, e incluso hijas, igual que los dioses se casaban con su propia
familia. Esto se hacía para fortalecer la pureza de la sangre real.
El poder del faraón es para todo la vida, es decir que gobierna hasta el
día de su muerte. La tradición dictaba que, al morir el faraón, le sucediera el hijo
primogénito (el nacido prime ro) que le hubiera dado su esposa, si no tenía hijos
le sucedía su hermano, o pariente más cercano. Si el hijo era muy joven, su
madre hacía de regente hasta que el heredero asumiera su puesto. En el caso
de que el faraón no tuviera hijos ni hermanos, un consejo de sabios elegía al
nuevo rey. Una mujer podía ser faraón, dentro de las más famosas encontramos
a Hatshepsut, o Cleopatra, la última emperadora de Egipto
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.
B) La nobleza:
La nobleza estaba constituida por los parientes del
faraón, altos funcionarios del gobierno egipcio (gobernadores de una
provincia o “nomo”) y ricos señores terratenientes.
El visir es uno de los cargos más destacados durante toda la
civilización egipcia y ya se conoce la importancia del visir desde la IV dinastía
aunque su existencia es incluso anterior. El visir es el jefe de todo el poder
ejecutivo, “el guía de los grandes del Alto y Bajo Egipto”, “juez supremo”,
director de las dos tierras y de los dos graneros, y además de todos los
trabajos del faraón. Es el jefe de la administración central, y se ocupa de la
justicia, pero fundamentalmente del tesoro y de la agricultura. Era el máximo
dirigente o “primer ministro” cuya autoridad sólo era superada por la del
faraón, asumiendo varias de sus funciones por delegación. Parece seguro
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J. Gaudemet: Institutions de l'Antiquité. París. 1982.