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, XVII, 30, (2017). ISSN 1695-6214 © Benedicto Cuervo Alvarez, 2017
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Los castigos físicos que recibían los prisioneros eran terribles. Era
frecuente castigar a un prisionero a recibir una cantidad determinada de
latigazos que el prisionero debía contar en alemán. Si se equivocaba se volvía
a empezar.
En un ambiento donde la muerte es omnipresente los nazis mostraban
continuamente que había castigos peores que la muerte, o formas de morir
realmente atroces. Una forma de matar en Mauthausen a un prisionero que no
ha llevado una piedra lo suficientemente pesada era lanzarlo por un precipicio
de unos 80 metros. Este precipicio era conocido como el muro de los
paracaidistas (otro ejemplo del cinismo de los nazis).
Otra forma de castigar consistía en encerrar a un prisionero en una
pequeña celda, del tamaño de una tumba, y dejarlo morir de inanición. Las
torturas, o los experimentos salvajes que se hacía con los prisioneros
(introducir tinta en los ojos para convertirlos en ojos azules, cronometrar el
tiempo que tarda una persona en morir sumergida en agua congelada,
investigar formas nuevas de esterilizaciones masivas…) hacían que la vida en
los campos fuera un auténtico infierno.
A medida que se van produciendo las derrotas militares de los ejércitos
alemanes mayor será el grado de torturas, asesinatos y matanzas de judíos en
masa hasta llegar a más de seis millones de judíos asesinados a tiros o en las
cámaras de gas. Al final los nazis pretendían acabar con todos los judíos y
forman una única raza, la raza aria, que sería la que constituiría la Gran
Alemania que conformaría la unidad de toda Europa bajo el Tercer Reich
alemán.
Evidentemente estos absurdos y locos objetivos de Hitler y sus
dirigentes no los llegaron a conseguir por la fuerza y unión de los ejércitos
Aliados (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña y Francia) y la resistencia
guerrillera anti-nazi que operaba en todos los países europeos.