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, XVII, 30, (2017). ISSN 1695-6214 © Ángel Santos Vaquero, 2017
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oscura y miserable celda del convento del Carmen calzado de Toledo. Este
convento, que se había construido sobre el antiguo templo mozárabe de Santa
María de Alficén y que se le había cedido a la orden entre 1332 y 1338, llegó a
ser el más importante de la orden en Castilla. Aquí pasó penando nueve meses
hasta que pudo fugarse (¿con la ayuda de su carcelero?) descolgándose por
un balcón al norte del edificio, al huerto lindero con el convento de la
Concepción, refugiándose entre sus hermanas del cenobio fundado por santa
Teresa. Durante su encierro pudo escribir los versos de amor más hermosos en
lengua castellana: “Noche oscura del alma”; treinta o treinta y una estrofas de
“Cántico espiritual”; “Llama de amor viva”.
Fray Juan de la Cruz se convirtió en un personaje admirado –no
sólo por la madre Teresa–, y en el símbolo de la reforma carmelitana. Se le
encargó que pasase a Andalucía, donde ejerció de rector, prior, director
espiritual, formador de frailes y monjas, fundador de colegios, definidor, vicario
provincial y consultor de la orden nueva, cargos y obligaciones que ejecutó muy
a su pesar; aunque, para deleite de almas dolidas, no dejó de escribir sus
bellos y místicos poemas, llenos de un gran sentido espiritual.
De Andalucía (1578-1588) pasó a Castilla la Vieja, expresamente
a Segovia, donde hubo de hacerse cargo del convento de frailes que se estaba
construyendo. Allí debió compartir sus labores espirituales con las prosaicas
(trato con obreros, escribanos, proveedores, definidor y consultor del nuevo
superior general, Nicolao Doria, con el que chocó pronto). Como fray Juan se
opusiera en diversas ocasiones al superior general, fue desterrado a las Indias
en el capítulo celebrado en Madrid en 1591. Sin embargo, no pudo obedecer tal
disposición porque antes de embarcar le provino la enfermedad de la que ya no
se recuperaría, pues moriría el 14 de diciembre de ese mismo año.
Fue un crítico riguroso, racional, con carácter erasmista (humanista), de
las prácticas barrocas de religiosidad, de la superficialidad de la liturgia al uso,
del fervor desbocado por las reliquias. Esto último no pudo evitarlo en lo que
respecta a su persona y pertenencias, pues desde el mismo instante de su