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Historia Digital
, XX, 35, (2020). ISSN 1695-6214 © Ángel Santos, 2020
P á g i n a
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que a sus pies tenía una calavera y una pálida lamparilla de aceite; a
continuación, por el callejón del Toro aparecería en la plaza de San Justo y
de allí, por la calle del cardenal Cisneros alcanzaría la plaza del
Ayuntamiento. Para las
Tres fechas
, quizás subiría desde su vivienda por la
calle de las Tendillas, alcanzaría la plaza de San Vicente, rodearía el ábside
de la iglesia y, dejando a su derecha la calle del Refugio (hoy Alfileritos),
entraría por los Cobertizos a la plaza de Santo Domingo el Real donde,
abrazando el silencio, escucharía los cánticos de las monjas y creería percibir
el rostro y las manos de una joven que le saludaba y a la que creyó reconocer
en la que, en su tercera visita, tomaba los hábitos. Para la de
El Beso
hubo
de visitar las ruinas del convento del Carmen, originadas por las tropas
napoleónicas cuando ocuparon Toledo, que se hallaban al final de la actual
calle de Cervantes (antiguamente llamada del Carmen), que parte del Arco de
la Sangre de Zocodover. En cuanto a la de
La ajorca de oro,
sólo necesitó
una visita a la capilla de la Virgen del Sagrario en la catedral y su
extraordinaria capacidad imaginativa. Por último, para
La rosa de pasión,
únicamente hizo falta que repasara la legión de leyendas que había en
Toledo sobre la maldad de los judíos y su odio hacia los cristianos y jugar,
como en casi todas, con la belleza y bondad de la mujer hebrea. A ello añadió
un paraje solitario al otro lado del río al que accedería después de bajar la
calle del Barco, tomar la barca que cruza viajeros de una orilla a otra del Tajo,
trepar por el escarpado terreno hasta llegar a la ermita de la Virgen del Valle,
continuar ascendiendo hasta la Piedra del Rey Moro y llegar a las ruinas de
una iglesita visigoda. Por último, aprovechó la existencia de una flor que tiene
unas figuras que se pueden interpretar, con mucha imaginación, como
atributos del martirio de Jesucristo.